En Cusco, un viernes a la noche, me entretuve viendo un especial dramatizado sobre la pasión de Cristo. Su cruz, sus caídas, las mujeres que lo ayudan, la crucifixión, la muerte. La resurrección.
Pensaba:
El éxito editorial de la Biblia se debe a que hurga en asuntos filosóficos básicos del ser humano, claro está: la relación con la madre (madre-materia, la madre es la carne, mientras el padre está más allá, como ausente. Joyce dice "Amor matris may be the only true thing of life". La única certeza real del ser humano, para Joyce, tal vez para la Biblia, es que uno sale del vientre de su madre), la piedad, el bien y el mal, la culpa.
Lo mismo con Shakespeare, pero él parece haber profundizado más aún. Tenemos el amor ("Romeo y Julieta"), la avaricia ("El mercader de Venecia"), la relación con el padre ("Hamlet", "El Rey Lear"), las mujeres y el padre ("El Rey Lear"), los celos ("Otello"). Lo de Shakespeare ha sido asombroso, realmente: cada una de las intervenciones sobre algún asunto muestran un grado de genialidad envidiable.
Y tenemos a Cervantes, aunque acá ya piso sobre terreno menos firme: la utopía, la locura, o las dos cosas. Don Quijote fantasea que en vez de ser un viejo demente arremetiendo contra molinos de viento es un caballero que lucha contra gigantes. Habla de la voluntad humana de ser mejor de lo que se es, del deseo de una realidad acorde a nuestros deseos, y perderse en eso.
Y tenemos a los dramaturgos griegos hablando del incesto ("Edipo rey", otra vuelta sobre la relación madre-hijo), el amor fraternal ("Antígona"), en fin.
Ya sabe: para pasar a la historia de la literatura, o si es usted más ambicioso, para crear una nueva religión, métale con las preocupaciones más básicas del ser humano.
Yo le pago un licuado.