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05 abril, 2007

Los Jinetes de las Horas Extras

Hubo un tiempo que fui hermoso, fui libre de verdad.
Poco a poco fui creciendo y todo se fue desvaneciendo.
¡Plop! Una burbuja me explota en la cabeza y veo primero marrón, luego más marrón y me doy cuenta que he llegado al piso.
El olor a la cera penetra mis, no pequeñas, fosas nasales hasta taladrarme el cerebro.
Pero si de taladrar hablamos, acá hay mecha para rato.
Recuerdo aquellos años en relación de dependencia. Todo era agite y mal humor.
Pero la seguridad estaba, ahí. Atada. Cómoda.
Con atrasos, ilógicos, pero siempre en algún día hacia principio, o mediados, de cada mes yo cobraba mi sueldo. Porque durante el resto del mes cobraba de puño y pie.
Ser che pibe no es fácil.
Que vas para acá y para allá y te movéis, o te mueven, para todos lados.
Pero llega el día, la venganza de esas horas que te quedabas de mas. Elevas al cielo, la espada de la victoria y proclamas la independencia.
Adiós jefe, chau mandados de hombre rayo, byebye desgracia de plebeyo.
Entonces te enfrentáis a la realidad.
No le vas a ver más la cara a ese jefecito que te daba el cheque, nunca más.
Ni el jefecito, ni el cheque.
Ahora sos como esos champú viste, un dos en uno.
Un todo en uno, mejor dicho.
Te ven más flaco, más atleta.
Tus horas extra aumentan y tus ingresos quién sabe.
Pero llegáis a tu casa, lavas tu cara y sonreís al espejo.
Siempre fuiste Jinete. Ahora cabalgás en libertad.